Regalaron al campesino un cachorro juguetón. Todos los de la casa, desde el amo hasta el ultimo empleado lo miraban con simpatía. El campesino tenia la esperanza de que aquel cachorro iría a ser un excelente perro guardián.
Pasó el tiempo y el perro se hizo fuerte y grande. Una noche de verano, cuando todos dormían, algo lo despertó con sobresalto. Alzó las orejas. Nada oía, solo llegaba a el un cierto olor extraño. ¿Algún animal del bosque que quiere robarme los pollitos y gallinas? Se preguntaba el perro. Esperó un rato. Todo estaba quieto. Sólo aquel olor extraño no lo dejaba estar tranquilo. El perro esperaba atento y en silencio el momento oportuno. En efecto, del otro lado de la cerca se encontraba un lobo anciano, esperando el menor movimiento del perro. En esta larga y silenciosa espera estaban los dos animales, cuando el lobo, creyendo dormido al perro, se aproximó y logró atrapar un hermoso pollo. Un enorme mordisco y un feroz gruñido lo hicieron soltar su presa para enfrentarse con su enemigo. La lucha era a muerte. El perro, joven y ágil, mató a su adversario. La gente de la casa salió asustada con el ruido. Pudieron comprobar la valentía y astucia del perro, que fue querido doblemente desde entonces. La mejor comida para el perro. Tortas, tamales, dulces y toda clase de caprichos.
Siguió pasando el tiempo, el perro se había convertido en el mejor y más inteligente guardián.
Muchas veces había dicho el dueño de la casa. “Este animal es un verdadero tesoro. No lo vendería por nada. Desde que lo pusimos de guardián, no ha faltado del corral ni un pato ni una gallina”.
Por si era poco lo que lo querían, este animal llegó a hacer tales cosas, que no pudo ser más querido por todos los de la casa.
" También te encantará: El zapatero y el hombre rico (Cuento) "
Cierta vez, amo y perro salieron de cacería. A la vista de un venado, el campesino tiró y al parecer dio en el blanco. En el afán por seguir su presa, puso un pie en falso y rodó por una pendiente. El perro llegó hasta el para sacarlo, pero al ver que todo esfuerzo era inútil, corrió a la casa en busca de ayuda, y salvó de esta manera, la vida de su amo.
Pasaron y pasaron los años. Los suficientes para que aquel perro lleno de energía fuera perdiendo su fuerza. Una noche sucedió lo que antes nunca sucedería: un lobo joven y astuto, logró robarse una gallina. El perro estaba triste. Deseaba una caricia de comprensión que nunca llegó.
-Este perro empieza a hacerse viejo. ¡vete de aquí¡
La voz del amo resonaba sin clemencia. El perro se volvió y se sintió mas viejo y apenado que nunca. Desde entonces faltaron los tamales y tortas para el pobre perro y, peor aún, el plato que antes estuviera lleno de comida, ahora, casi siempre se encontraba vacío. Más apenaba al perro la ingratitud del amo que la falta de comida.
Cierto día escuchó a unos criados decir que el amo pensaba comprar otro perro porque éste no servía para nada.
Triste y sin fuerzas se encaminó lentamente al bosque. Pasó por allí un coyote que lo conocía desde hacía mucho tiempo y le dice: ¿Cómo andas por aquí? ¿Es que te ha despachado tu amo?
-No, no ha llegado a tanto, pero…
-Dime lo que te ha sucedido. Si puedo ayudarte en algo, lo haré con mucho gusto.
El perro explicó, a su amigo, todo lo que le había sucedido y le mostró el estado lamentable en que se encontraba por falta de comida.
-Esto hay que arreglarlo. Verás. Se me ocurre una idea. Ya sé, eso haremos. Vete a tu casa. En la noche llego yo y tú me dejas coger un pollo bien gordo, luego ladras bien fuerte; cuando salgan los de la casa, suelto el pavo, fingimos una lucha y yo salgo huyendo. Así creerán que todavía eres fuerte y te mimarán de nuevo.
El perro escuchó entusiasmado al coyote. Se volvió a su casa y esperó ansiosamente la llegada de la noche. Al fin la oscuridad lo envolvió todo. Entonces apareció el coyote y tranquilamente agarró al pollo más gordo que había. El perro le dejó hacer y después empezó a ladrar furiosamente. Al oír los de la casa los ladridos del perro, bajaron al corral, a tiempo de ver la fingida lucha entre coyote y perro. Por fin, el coyote, antes que los hombres se aproximaran a el, soltó el pollo y desapareció camino a su guarida.
Cuando el amo vio lo que había sucedido se acercó al animal y empezó a acariciarle como en otros tiempos, a la par que decía:
¡Ay, mi buen perro! ¡Y pensar que creí que no servía para nada! Pronto, pronto, traed comida para este animal. Hacedle un tamal bien grande y gordo. Ah, mi perro, ya decía yo el que tiene buena casta…
Y desde entonces, nunca más volvió a faltar comida al viejo perro, gracias a la bondad y astucia de su amigo el coyote.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario