El terremoto fue espantoso. Animales e indios salían de sus casas. Las sacudidas eran cada vez más fuertes. La tierra se abría tragando todo cuanto encontraba a su paso. Por fin, una sacudida mayor que las demás puso término a tan terrible acontecimiento.
Una enorme serpiente había quedado prensada bajo un gigantesco roble. Todo cuanto hacía por salir de allí era inútil. Se retorcía, se desesperaba, hacía esfuerzos enormes, pero nada. Estaba ya dispuesta a morir cuando oyó unos pasos que se acercaban. Sintió una enorme alegría al ver a un viejo indio dirigirse hacia el árbol.
-¡Socorro! ¡Sálvame, buen hombre!
El indio se paró y miró hacia todos los lados. –Una serpiente- gritó asustado.
-No tengas miedo, no te haré daño, sálvame que me estoy muriendo. Te serviré toda la vida si lo haces.
Después de pensarlo un rato, el indio tomó su hacha y se puso a cortar el árbol. Por fin la serpiente se sintió libre. Se retorció. Se arrastró alrededor del indio. Tenía todo su cuerpo dolorido.
-Tengo hambre –le dijo- dame algo de comer.
El indio le contestó que él no tenía nada que darle. Entonces, la malvada serpiente le amenazó con comérselo si no le daba otra cosa con qué llenar su estómago. El indio se asustó muchísimo y le dijo que cómo era posible que le fuera a pagar con un mal tan grande, con todo el bien que le había hecho.
-¿A caso no sabes que esa es la ley de la selva? Todo bien que se haga se paga con un mal. Alístate pues que te voy a comer.
El pobre indio no podía creer esto y le propuso que fueran a buscar algunos animales de la selva para preguntarles. La serpiente aceptó y se pusieron en camino. Al poco rato encontraron un venado, una zorra y un coyote.
-¿No es verdad, amigos – dice la serpiente – que en la selva todo bien se paga con un mal?
El venado y la zorra estuvieron de acuerdo con la serpiente, pero el coyote, después, de pensarlo mucho, contestó que él no lo sabía. Y que tampoco sabía si en realidad el indio le había hecho un bien tan grande.
-Si el hombre te hizo un gran bien debes hacerle un gran mal. Para estar seguro del bien que te hizo –dijo- debo verte debajo del árbol. ¿Cómo sé yo si no podías salir de allí solita? A ver, ponte aquí, y nosotros te tiramos este árbol encima.
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Así lo hizo la tonta serpiente. Los animales y el indio le pusieron el tronco encima. Ella se retorció cuanto pudo. Daba coletazos tremendos. Pero nada. Después de un rato, le dice el coyote que no sólo es mala sino estúpida, y por estas razones, debe morir allí. Que no hay ley que diga que el bien se paga con un mal.
El indio estaba tan agradecido con el coyote que le ofreció llevarlo a su casa. El coyote le tenía miedo a la esposa del indio y no quiso aceptar. Entonces el indio le prometió llevarle al día siguiente un saco lleno de pollos para pagarle el inmenso favor que le hizo.
Ya de acuerdo con el coyote el indio llegó a su casa. Su esposa se alegró mucho al verlo, pues lo creía muerto en el terremoto. El indio le contó todo lo que le había pasado y le pidió llenar un saco bien grande pollos para llevarle al coyote. La señora se enojó, ella quería mucho a sus pollos y ese coyote le había robado algunos una vez.
-Está bien –le dijo el indio- de todas maneras, alista el saco para mañana, que yo se lo llevaré al coyote. Despiértame muy temprano.
Al día siguiente, cuando el sol apenas iba saliendo, la mujer del indio, con un saco al hombro y un gallo en la mano, dejaba la casa silenciosamente. Iba de camino a la selva. ¿Qué quería hacer? ¿Por qué ahora llevaba los pollos al coyote? ¿Qué estaría tramando?
Ya en la selva el coyote esperaba. Mucho se asustó cuando vio venir a la esposa del indio. Eh, coyote, -gritó la mujer- aquí te traigo los pollos. No tengas miedo. Ven por ellos.
El coyote llegó muy contento. La mujer le explicó que el gallo que llevaba en la mano se lo daría de último porque era el que más quería. La mujer empezó a abrir el saco. El coyote se pasaba la lengua por el hocico. La mujer abrió el saco y… ¡oh sorpresa!, salieron de él tres enormes perros. La lucha fue terrible. Eran tres perros contra un coyote. Por fin, aprovechando una oportunidad, el coyote lleno de heridas, pudo escapar.
En la orilla de un río estaba el coyote. Lavaba sus heridas y pensaba con tristeza: “es la ley de la selva, todo bien se paga con un mal”.
FIN

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