Vivía un rey en un lejano país. Era inmensamente rico. Su reino era tan grande que ni él mismo lo conocía. Estaba rodeado de gente que se desvivía por servirle. Con todo esto, sin embargo, algo malo pasaba al rey. Nunca sonreía. Una profunda tristeza lo estaba casi matando. Todo cuanto hacían sus amigos para alegrarlo era inútil. El rey no sonreía. El rey se estaba muriendo de la tristeza.
Una vez, venido de tierras más lejanas aún, llegó un hechicero al reino. Inmediatamente lo llevaron al palacio. El rey se muere, el rey se está muriendo de tristeza, ayúdanos a curarlo, le pedían los amigos del rey.
El hechicero lo examinó. Conversó largas horas con él y por fin le dijo:
-Tu tristeza se curará el día que te pongas la camisa de un hombre feliz.
Inmediatamente la noticia corrió por todo el reino. Todos buscaban un hombre feliz. Lo buscaron en las casas de los hombres más ricos. Todos tenían problemas. Unos no eran felices porque tenían miedo que alguien pudiera robarles su dinero. Otros, porque querían hijos y Dios no se los había dado. Y así, uno por uno, fue contando sus problemas y llegando a la conclusión que no eran felices.
" También te puede gustar: Sami (Cuento) "
¿Qué hacer ante tal situación? ¿Cómo encontrar un hombre feliz?
El rey decidió tomar su caballo e irse en busca de ese hombre feliz. Pasó el tiempo. El rey seguía su camino desesperado de no encontrar un hombre feliz.
Por fin, un día, vio sentado a la orilla de un camino un hombre que contemplaba maravillado el último rayo de sol de la tarde.
-¿Qué miras? –Preguntó el rey.
-Una de las maravillas del reino de Dios, -contestó el anciano.
-¿Y eso te hace feliz?
-¿Y qué, sino eso puede hacer feliz a un hombre?
-¿Eres rico?
-No, no tengo nada.
-¿Eres feliz?
-Completamente.
-¿Por qué lo dices?
-Porque aprovecho lo que tengo. Porque puedo ganarme el pan con mis dos manos. Porque puedo oír el canto de los pájaros en la mañana. Porque puedo ver el sol cuando se va y lo veo cuando regresa. Soy feliz, en fin, porque vivo minuto a minuto apreciando y agradeciendo todo cuanto se me ha dado.
-Rápido, rápido –dice el rey- dame tu camisa. En efecto veo que eres feliz.
-¿Mi camisa?, ¡no ves, señor, que yo no tengo ni camisa!
-¿Qué no tienes camisa y eres feliz? ¡Qué gran lección me han dado! ¡No tienes camisa y eres feliz!, eres feliz porque el mundo es tuyo, eres feliz porque vives agradecido. Gracias anciano, mil gracias por mostrarme mi propio egoísmo con tu lección –dijo el rey. Sintiendo al mismo tiempo una inmensa alegría que ya nunca más abandonó.
FIN

No hay comentarios:
Publicar un comentario